Impresiones de una escritora en París

Fecha de publicación: 24 de Octubre de 2014

En un mundo digital, donde las pantallas de nuestros teléfonos y computadores nos permiten ser indulgentes con nuestro apetito inmediatista, nos ha sido concedido ver todo cuanto queramos a través de un clic. Esto ha ampliado sin reservas el conocimiento del mundo que antes teníamos y ha hecho posible que en un instante, y gracias a la magia inmediata de un buscador, podamos ver cualquier lugar del mundo que se nos antoje vislumbrar sobre el brillo de una lustrosa pantalla. Todo esto ha creado la ilusión de que viajamos, de manera bidimensional, y de que conocemos lugares que nunca hemos visto a través del prisma de los sentidos.

Pero aquel que goce de la bendición de viajar sabe bien que ninguna imagen, por más poderosa, de alta definición o fielmente digital, tiene comparación con la magia de la realidad. Una magia que está siempre hecha de ambivalencias e imperfecciones; el mismo material del que está hecha la vida humana en sí.

En los archivos de la moda y en los hilos de sus leyendas siempre está, entre los primeros rangos, la ciudad de París. París, envuelta en las brumas seductoras de ciertos mitos. Por los corredores invisibles de la moda y del estilo, siempre corren voces que anuncian que París es un lugar donde abunda la belleza en cada matiz; que las parisinas tienen un don para ser chic sin verse presas del artificio o la producción excesiva; que los franceses son los únicos que vierten belleza en cada aspecto del vivir; que Francia ha sido una de las pocas culturas en percibir la moda como un tema cultural e intelectual; que hay bailarinas de Repetto y gabardinas color habano, mujeres de negro, delgadas, cafés de maravilla en las esquinas; que París es el lugar donde todo aquel con sensibilidad de esteta o de artista encuentra la gracia de la vida.

Y estos mitos aparecen en las revistas y las películas; reverberan en la cultura popular a través de iconos y fotografías; se fortalecen en la blogosfera y en los estereotipos que a veces crea la moda para sobrevivir.

Pero tal y como argumentó Roland Barthes, un mito no es una falsedad sino una metáfora. Y cuando la mirada y los sentidos llegan o se reencuentran con París, todo aquello que se ha rumorado en los filmes y las teorías, todos los ecos de las leyendas populares del estilo se materializan con vividez.

En París el estilo se extiende a las mujeres de toda edad y todo tipo. El fundamento en esta filosofía de estilo es la simplicidad y su gran belleza la capacidad para crear un estilismo discretamente creativo. No es una cuestión de estar impecable o perfecta, sino de orquestar una serie de detalles, imperfectos y sutiles, de una manera irresistible, elegante con ese enigmático aire casual y deportivo.

Las fachadas, con sus relieves cremosos, sus ventanales blancos, sus enredaderas de hierro oscuro en los balcones, son reflejo de una cultura que sí cultiva, busca, conserva y exalta la belleza en cada aspecto del vivir. Una escritora de estilo decía que la ropa y los edificios, los dos grandes componentes de nuestro campo de visión, nos hablan desde su expresividad visual de los ideales de un tiempo y un lugar. Y en París la arquitectura habla de una pasión estética detallista.

El cielo azul sin nubes, el tono cenizo del día, las esquinas y sus cafés magníficos, las mesas redondas y las sillas en bicolor tejido, tendidas al aire libre; los jardines interminables llenos de lectores, paseadores y niños. Todo en París es una sinfonía visual de aquella belleza que evocan sus múltiples mitos.

Porque en el fondo, para los franceses, la estética es un arte de altura, tanto como pueden serlo los dominios de la literatura y el cine. Y en la cultura francesa también persiste la convicción de que la belleza es tan importante como la función del diseño. Y que el estilo es todo aquello de lo cual una persona se rodea. En últimas París es un lugar donde el gran credo es la belleza, esa que nos hace sentir más vivos y nos proporciona un misterioso gozo de vivir cuando la observamos y vivimos.

¿Cuál es para ti la gran belleza de una París?

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¿Quién Escribe?

Vanessa Rosales

Escritora de moda. Ha sido corresponsal de Vogue Latinoamérica, escritora para Diners, Revista Exclama, Fucsia y Arcadia. Sus columnas de moda en el periódico El Heraldo la inauguraron como una singular voz crítica ante la moda en Colombia. Fue editora de Tutrend.com, Editora de Moda en Cromos y Proyectos Semana. Una formación académica en Historia y una Maestría en Periodismo con el diario argentino La Nación propiciaron en ella la capacidad para mezclar un agudo sentido editorial con una mirada más profunda de la moda y el estilo.

Embajadora de Onda de Mar y Consultora Editorial de Salomón Azulu, en 2012 creó Vanguardstyle.com, especializado en el tema del estilo. Actualmente vive en Nueva York, donde está becada por Parsons The New School for Design en una Maestría en Fashion Studies y desde donde ejerce como Editora del blog de Naf Naf.

vanessa @vanguardstyle.com