Viaje de moda a través de un icono

Fecha de publicación: 17 de Julio de 2015

En la moda, que es una larga historia de cambios y vuelos, de elementos que salen y entran bruscamente como objeto de deseo, hay prendas que logran viajar en el tiempo, estables, seguras, con una cualidad misteriosa y encantadora que las hace parecer eternamente modernas. Pueden ser prendas que nacieron en eras remotas, que han pasado por todo tipo de cuerpos, estilos y décadas: hay algo en ellas que parece estar encendido por una chispa que sobrepasa el tiempo. Así, por ejemplo, son las gabardinas (o, en inglés, trench coats).

Si las miramos en una fotografía de la década del 40, se ven modernas y chic, apropiadas tanto en hombres como en mujeres; estampa del Hollywood vieja guardia y lustroso. Correctas y precisas tanto en un Humphrey Bogart, una Marlene Dietrich o una Audrey Hepburn. Si las observamos en una pasarela contemporánea, donde aparecen ligeramente reinventadas, con toques aquí y allá que las hacen distintas y sin embargo, la mismas de siempre, entendemos el poder de conservación que puede tener una prenda con esta cualidad.

Si las miramos en nuestra pantalla del celular, en el cuadradito fantasioso que es la ventana de Instagram, en una mujer anónima afuera de un desfile en París o en un ensamble apetecible de una creadora digital, volvemos a experimentar esa sensación de que en sus más distintas versiones, siempre destila una energía apropiada y estilosa.

Si en “Breakfast At Tiffanys’s” fue una de las maneras en que Audrey Hepburn se selló en la memoria de la moda como un emblema del chic neoyorquino, años después, Inés de la Fressange, por ejemplo, o Caroline de Maigret, han dado la lección de que las gabardinas son también patrimonio esencial de la parisina estupenda. Esa que domina todas las sutiles filosofías de estilo que se leen en los cafés o las esquinas de París. Esa que destila otra cualidad, apetecida por muchas mujeres que persiguen el estilo: poseerlo, expresarlo y emanarlo sin demasiado esfuerzo.

Lo curioso es que las gabardinas provienen de un lugar inesperado. Son piezas que nacen de las guerras. Que fueron utilizadas por soldados que se cubrían de ellas para protegerse del agua. Así, las gabardinas nacen de una necesidad muy masculina: vestirse para fines de utilidad y no tanto por el afán de embellecerse o adornarse. Pero como tantas otras cosas del armario de ellos – los trajes, los pantalones, por ejemplo – las mujeres se apropiaron también de la pieza. Tanto, que en la era dorada de Hollywood, una gabardina podía ser incluso más flexible en el uso entre ambos géneros. En una época donde se creía en una feminidad muy estilizada y cultivada, los pantalones se usaban, claro, pero se veían como una pequeña rebeldía. La gabardina tenía algo de misterio – asociada a los detectives pero también a las mujeres fatales, por ejemplo. También tenía algo atractivo en su capacidad de actuar como vestido – atada en la cintura y cerrada todo – en el vestir de las mujeres.

En términos mucho más simples, la gabardina clásica tiene, además, un color increíblemente versátil. Camaleónico, incluso. Se adapta a las combinaciones más difíciles. Y tiene, además, otra connotación: es frecuente en los climas transicionales, cuando llueve y las temperaturas no se acomodan en un estado fijo. ¿Por qué son tan chic? ¿Por qué son tan seductoras? ¿Y por qué se han convertido en una de esas piezas que las revistas y los oráculos de estilo aún decretan como una de esas piezas infalibles y obligadas en el armario femenino?

Tal vez porque una gabardina combina dos cosas que definen a la moda en general: adorno y utilidad. Tienen ese halo funcional que la hace ver fácil, confortable, clásica, una pieza que ha viajado por el tiempo, estable. Pero tiene también esa poderosa energía ornamental que conecta a la mujer que la usa con la gracia de Audrey Hepburn y con la naturalidad de las parisinas en su estilo. Es decir, una gabardina es un conducto simbólico hacia la magia de lo atemporal.

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¿Quién Escribe?

Vanessa Rosales

Escritora de moda. Ha sido corresponsal de Vogue Latinoamérica, escritora para Diners, Revista Exclama, Fucsia y Arcadia. Sus columnas de moda en el periódico El Heraldo la inauguraron como una singular voz crítica ante la moda en Colombia. Fue editora de Tutrend.com, Editora de Moda en Cromos y Proyectos Semana. Una formación académica en Historia y una Maestría en Periodismo con el diario argentino La Nación propiciaron en ella la capacidad para mezclar un agudo sentido editorial con una mirada más profunda de la moda y el estilo.

Embajadora de Onda de Mar y Consultora Editorial de Salomón Azulu, en 2012 creó Vanguardstyle.com, especializado en el tema del estilo. Actualmente vive en Nueva York, donde está becada por Parsons The New School for Design en una Maestría en Fashion Studies y desde donde ejerce como Editora del blog de Naf Naf.

vanessa @vanguardstyle.com