Mujeres Vogue

Mujeres Vogue

La mayoría de las seguidoras de la moda conocen bien la palabra. Titilan un poco cuando la pronuncian. Sienten que algo de ellas se despierta con su anuncio. En sus mentes se enciende una asociación: que la palabra Vogue encierra en sus cinco letras algo que comparten muchas mujeres. Hay un halo histórico en la palabra, una energía fabulosa que une a todo tipo de mujeres – a lo largo del tiempo y del mundo – en torno a una cosa: la posibilidad de ver y soñar con ropas y vestimentas de una belleza poderosa. 

La mayoría de mujeres no puede costear lo que las páginas lustrosas de Vogue ofrece desde 1892. Y si bien es cierto que la revista es el gran manifiesto de la alta moda y el lugar que enciende deseos de consumo a veces imposible, Vogue también es otra cosa: un documento cultural y histórico que en su evolución ha ido reflejando los movimientos de la moda, la estética y la feminidad a través del tiempo. Tal vez por eso también nos magnetiza con su nombre icónico. Tal vez por eso nos sentimos hechizadas ante la idea de ver versiones de otras décadas o cuando llega a nuestras manos una edición del presente. Vogue también es un portal visual para muchas mujeres, una ventana hacia el mundo de una estética de fantasía que muchas amamos mirar.

Vogue también es la prueba de que la moda puede ser un lenguaje universal – hoy hay versiones en Rusia, Colombia y Marruecos. Pero también nos recuerda que las mujeres somos seres visuales, y que nos atrae irresistiblemente la belleza. Y aunque en el mundo de hoy, con los rápidos accesos que permite el Internet, las revistas no son ya las instituciones que solían ser, Vogue sigue reteniendo su aura de sacerdotisa de la moda.

Que Vogue es un reflejo de su época, que ha filtrado en sus páginas artistas e ilustradores, fotógrafos brillantes, modas y mujeres que representaron el espíritu de su tiempo lo comprueban las tres grandes editoras que ha tenido en las últimas décadas. Diana Vreeland – de 1963 a 1970 -; Grace Mirabella – de 1971 a 1987 – y Anna Wintour, quien muchas sabemos bien quien es y quien dirige la revista desde 1988.

Diana Vreeland, que hizo una carrera previa en Harper’s Baazar, hizo de Vogue, en la emocionante y cambiante década del 60, un monumento de fantasías opulenta, temas exóticos, el uso de la literatura y la historia y un gran énfasis en la moda como terreno femenino para la invención. Las páginas de su Vogue reflejan una época joven, ecléctica, que comenzaba a interesarse en lo lejano, que acogía la estética de la psicodelia y que todavía valoraba altamente la Alta Costura. El estilo de Vreeland era caprichoso y cargado de fantasías: su visión era de evocar, retratar y promover ropa de ensueño.

Grace Mirabella, por su lado, entró a la revista en una época en que muchas mujeres, debido al feminismo, estaban más preocupadas por lograr funcionalidad y practicidad en su vestir. Era la época en que muchísimas más de ellas se interesaban más en trabajar que en casarse y tener hijos. Así que Mirabella creó un punto de vista basado en el realismo que impartía consejos sobre cómo comprar de una manera más práctica. Esto chocaba con la fantasía de Vreeland, quien no tenía problema en exportar millones de toneladas de flores blancas para una editorial en Alaska.

El realismo de Mirabella cambió, en 1988, por la visión de Anna Wintour, conocida como la maestra de una mixtura que hoy nos es perfectamente familiar: la de alta moda con tendencias callejeras. Fue Wintour también quien capitaneó la Vogue en la era en que las modelos por primera vez se volvían grandes celebridades. La que explotó la idea de que la moda se ha vuelto global. Y la que decidió mezclar moda con celebridad, poniendo en las portadas a actrices, luminarias y cantantes. Fue ella también quien comandó a Vogue en la era digital, con Voguepedia, versiones digitales y la posibilidad de leer la revista en pantallas de computadores y iPads. Es ella también la que ha hecho de la revista un gran asunto comercial, una mujer de negocios temeraria que, no obstante, conserva de cerca de Grace Coddington, cuya mirada sensible y artística revive las épocas de una Vogue que combinaba el comercio con la creatividad vanguardista.

 

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