El mito del romance

El mito del romance

¿Quién no piensa en amor cuando piensa en París? En una de las escenas más icónicas de Casablanca, el film donde Humphrey Bogart e Ingrid Bergman se reencuentran por azar en Marruecos, la desoladora despedida del final está teñida de nostálgica esperanza: “Siempre tendremos París”, se dicen.

Hay algo sobre París y sobre Francia que despierta de forma casi inmediata un aire de romance. La idea resuena en el cine. En las luces tenues en Midnight en Paris; los momentos ensoñadores en Antes del amanecer; en las imágenes en blanco y negro dirigidas por Jean Luc Goard, en Breathkess, de 1960, con Jean Seberg y Jean-Paul Belmondo, paseando suave por las calles parisinas. Se siente también en las preciosas fotografías de moda de Dior al final de los 40; en las fantasías del fotógrafo Richard Avedon.

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La moda y la cultura están llenas de mitos. Un mito, sin embargo, no necesariamente es una verdad falsa, sino un símbolo. De detalles y características.

Los franceses adoran la belleza. Viven por y para ella. Y en ese sentido, son grandes románticos. Hay una caricia creativa en cada rastro de París. Las cornisas de los edificios. Los interiores de los cafés. Los colores y los contornos de la pastelería. En la tradición de ensoñadora de su alta costura. En esos pequeños, casi invisibles detalles de gracia y estilo que tienen las mujeres parisinas en sus ensambles.

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Las conexiones entre amor y Francia son tan poderosas que la forma más apasionada de besar se llama beso francés o, en inglés, French kiss. En parte, porque los franceses son sensuales e indulgentes con los sentidos.

Pero el romance tiene muchas formas. Como la imagen histórica en blanco y negro del beso retratado por Robert Doisneau. O la pareja que cena enamorada en la medianoche parisina.

Pero el romance francés también es una actitud hacia la vida. Una forma de sentir. Y muchas formas de expresarla. Lo romántico francés también es ese macaroon rosa o lavanda que tomamos con el té. Ese vestido femenino y suave que tenemos en nuestro armario. Esas flores que adornan nuestro cuarto en las mañanas. Ese accesorio de nuestra abuela que adoramos por lo femenino. Nuestra boca pintada de rojo con un vestido de lunares.

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