Las vidas del encaje

Las vidas del encaje

La historia de la moda es la historia de la mujer. Ir tras sus rastros es entender que una pieza, un material, un estampado y hasta un color son reflejos de los valores de una época. Y cada época inventa su ideal femenino. Su mujer perfecta. Su forma de belleza. Su particular sentido estético.

El encaje, esa exquisita aparición visual en cuyos tejidos se esconde tanto el romanticismo como la seducción, es un símbolo perfecto de cómo el significado de algo es reflejo de su época.

,

¿Cómo describir uno de los materiales que más ha sobrevivido a los embates del tiempo? Delicado y también sensual; frágil y al tiempo poderoso; inocente y ensoñador, pero también peligroso y capaz de evocar erotismo hasta el borde de la vulgaridad.  Es frecuente en la Alta Costura, en las fiebres de la intimidad y las artes de la seducción, en las imágenes de mujeres peligrosas, en las maneras de evocar inocencia y ensoñación y es, sin duda, tal vez el material favorito para las novias en los días de su boda.

El encaje ha atravesado los siglos, con una presencia que va, sorpresivamente hasta tan atrás como el siglo XVII. En los 1600 y hasta entrado el siglo XX, un sinfín de pinturas dan testimonio de la gran presencia del encaje. Mujeres de todo tipo, forma y proporción encarnan el personaje recurrente de The Lace Maker (la tejedora de encaje). La gran reina Isabel, imponente, con su cabellera rojiza y sus ensambles colmados de perlas, aparece en casi todas sus pinturas con un llamativo accesorio alrededor del cuello hecho todo en encaje. La gran María Antonieta, la reina francesa del exceso y la indulgencia, lo exhibía constantemente en sus vestidos. En ese momento, el encaje era un símbolo de estatus, de riqueza, de poder.

,

Pero la evolución del tiempo multiplicó sus significados.  Las Manolas, matronas del catolicismo español lo apropiaron en versión negra: símbolo de mística, piedad y también de la sensualidad recatada de lo gitano. La realeza inglesa lo convirtió en uno de sus emblemas máximos. Las novias del siglo XIX se casaban con sus hilos delicados. Hacia el siglo XX, con el estallido del cine como paisaje para inspiración de estilo, estrellas del cine mudo como Clara Bow y Lillian Gish lo expresaban como símbolo de seducción. Para la época de ese glamour antiguo donde lo erótico escapaba lo obvio, las bellezas atemporales de Ava Gardner, Rita Hayworth y Marilyn Monroe demostraron cómo el encaje podia fundir tanto sutileza como sexualidad.

Cuando Hollywood llegó a la realeza, con el matrimonio de la fantástica Grace Kelly con el príncipe de Mónaco, el epónimo vestido fue toda una celebración del etéreo, romántico y elegante material. La misma Coco Chanel, maestra de la simplicidad, demostró que el encaje es también un símbolo de elegancia, gracia y absoluta feminidad. Los sacudones culturales de la Swinging London de los 60 lo adaptaron a los valores de un nuevo modelo de feminidad y en los 80, Madonna, la iconoclasta, lo usó para reforzarlo como símbolo de atrevimiento, virginalidad, irreverencia. Dita von Teese, la artista del burlesque lo tiene como símbolo de dulzura o como coquetería sensual.

,

Hoy, el encaje es común en las pasarelas. En negro o en rojo, para la primavera o para el invierno, para la elegancia o para la cotidianidad. Es fácil su transición de la intimidad a los espacios abiertos. Las más ingeniosas lo llevan en tonos neón, con cuero, estampado en denim.

Tal vez el encaje sea un reflejo mismo de lo que significa ser mujer. No hay límites exactos entre la sensualidad y la inocencia. Somos tanto misteriosas como criaturas de performance. Nos caracteriza tanto la dulzura como el erotismo. Somos tan frágiles como fuertes.  Y podemos ser lo que queramos según el contexto en el que estemos.

<< POST ANTERIOR SIGUIENTE POST >>

Continúa Inspirándote

Agregar comentario

Subscribirme al Blog